Tuxpan, Veracruz, una de las más bellas provincias de la República Mexicana, prehispánica y moderna, enclavada estratégicamente en el litoral del Golfo de México es punto clave de entrada a la Huasteca Veracruzana.
Está custodiada por cuatro ricos y prósperos Municipios: al Norte Tamiahua, Sur-Sureste Tihuatlán y Cazones, al Este, las tibias aguas del Golfo de México y al Oeste por Alamo-Temapache; tiene el privilegio de dar a sus moradores la prodigiosa exuberancia del trópico: campos de tierra fértiles que lo convierten en extraordinario vergel de abundantes y exóticos frutos; playas de serenas aguas y aperladas y finísimas arenas que vibran con la presencia del visitante; ríos, esteros y lagunas de abundante pesca propician la práctica de los deportes acuáticos más sofisticados; parece enmudecer con los vestigios de la Cultura Huaxteca que prolonga su misteriosa presencia a través de los siglos. Lugar de mágico encanto que atesora celosamente sus costumbres y tradiciones para celebrarlos en su día con dignidad y orgullo:
María y José con el niño Jesús, todos los años iban a Jerusalén para la fiesta solemne de Pascua y de regreso a Galilea, a su ciudad de Nazareth, advirtieron que no venía con los de su comitiva, buscándole entre parientes y conocidos más que no lo hallasen, retornaron a Jerusalén, en busca suya y al cabo de 3 días de haberle perdido le hallaron en el templo, sentado en medio de los doctores, que ora les escuchaba, ora les preguntaba y cuantos le oían quedaban pasmados de su sabiduría y de sus respuestas. Al verle, pues, sus padres quedaron maravillados en seguida se fué con ellos. (Lucas.II,39-52)
Alguien, cuyo nombre se pierde en el tiempo, cedió como hermosísimo tesoro encender velas en las calles para alumbrar el camino de Jesús; deslumbrante espectáculo que disipa la obscuridad del paisaje dando a las almas el inmaculado regocijo de la edad primera; simbolismo de avasalladora fuerza espiritual que inflama los corazones de los hombres consumiéndolos en el más puro y codiciado amor filial. Invaluable costumbre que se repite de generación en generación; es su herencia, este es su día: 7 de Diciembre; continuemos con la noble tradición, legítimo legado de los tuxpeños que causa deleite y admiración al mundo.
Y nuestra tradición del Niño Perdido, ilusión: que la sabiduría ilumine al mundo; y en las casas, en las cercas, en las bardas, en cada banqueta, como estrellas en el cielo, o cocuyos en la noche, velas que iluminan, por millones nuestro pueblo. Y los niños, de cajas de zapatos jalan sus carritos, con sus puertas y sus ventanitas, encendidas sus fantasías y sus velitas, y no lo olvides tuxpeño: donde estés, con orgullo comparte, diciembre siete, tarde-noche, siempre a las siete.
En la actualidad el día del "Niño Perdido", de profundas raíces religiosas lo celebran el día 7 de diciembre. Preparativos jubilosos se advierten en todos los hogares desde días anteriores; las familias, los jardines de niños y escuelas primarias, con gran premura inician la elaboración de los "carritos".
Por la mañana llevan a cabo el desfile y concurso de los mismos, o excluyen el concurso; la hora no es determinante, se elige la que mejor convenga; algunos salen a la calle; otros dentro de las mismas escuelas, con enorme lucimiento de fiesta, creatividad y belleza; repitiendo algunos el paseo por la tarde, acompañados de sus padres o familiares.
El tiempo de recorrido y las calles por donde transitan, están a consideración de los participantes; bien por sus colonias o bien por el centro de la ciudad. Por la noche, a las 19:00 hrs., la ciudad empieza rápidamente a engalanarse; existe animación, expectación; la motivación crece y crece; las familias salen a las banquetas de sus casas a colocar "velitas" y encenderlas, también sobre bardas, azoteas, escaleras, cerros, barcos, etc.; durando este esplendente montaje escenográfico el tiempo en que logra consumirse una vela de tamaño normal.
Cabe señalar que las familias rezan el santo Rosario antes de iniciar el encendido, solicitando al cielo la dicha de obtener privilegios. Luego, llevan acabo el encendido de las velitas y permanecen junto a ellas, para evitar que se apaguen o se caigan; el ambiente se agiganta, atrapa y arrebata el alma para volver a reemplazar la vela terminada, por otras tantas, cuanto las posibilidades de cada quien se lo permitan. Los niños y jóvenes, contagiados de esta sana alegría aceleran sus destinos por las calles jalando sus carritos, portando lámparas de manufactura artesanal, admirando el paisaje, entablando amables competencias con los amigos, o algunos haciendo travesuras. Algunas familias recorren la ciudad a pie, o en vehículos, o salen a los balcones para admirar el refulgente panorama y enfrascarse en los sabrosos comentarios, como:
"...nuestra calle está más iluminada que aquélla..." "...la nuestra tiene más velitas que la tuya..." "...por aquí tiene que pasar el niño Jesús, porque hay más luz...",etc.
Estos comentarios que los niños llegan a escuchar despiertan en ellos la inocente curiosidad de ver pasar al "NIÑO PERDIDO", y no se alejan de las velas, ni de sus carritos, cuidándolas que no se apaguen, ni se doblen, ni se caigan, sino que en vigilante atención permanecen hasta que se consumen las mismas.
Queda pues, avivada la inquietud de ver al niño, conocerlo, platicar con el, ser su amigo; es entonces cuando los adultos explican el porqué no lo vemos físicamente, sino que su presencia es meramente espiritual, y les instruyen en el significado Bíblico.
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