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  Personajes Veracruzanos
 

NOMBRE

FECHA

Antonio López de Santa Anna 1794-1876


Uno de los personajes más importantes de la historia de nuestro país es Antonio López de Santa Anna. Tan fuerte ha sido su presencia que muchos historiadores han llamado era santanista a los años comprendidos entre 1833 y 1855, periodo en el cual Santa Anna fue once veces presidente de México. Sin embargo, hasta nuestros días, hablar de este veracruzano causa opiniones encontradas, pues no existe acuerdo respecto de su grandeza o de sus deméritos acreditados durante los largos años en que fuera el hombre imprescindible en la vida de la nación.

Antonio de Padua Severino López de Santa Anna fue bautizado un 22 de febrero de 1794, un día después de su nacimiento en la Villa de Xalapa. Algunos años más tarde, la familia López de Santa Anna tuvo que dirigirse hacia el puerto de Veracruz en busca de una mejor situación económica. A la edad de quince años, llegó para Antonio, el momento de decidir su futuro. El padre pretendió que fuese auxiliar en una tienda, pero el joven buscó el apoyo materno para hacer que su padre renunciara a esa idea, lo que logró, y, en cambió, ingresó, en 1810, al Real Regimiento de Infantería. El Joven López de Santa Anna combatió contra las fuerzas insurgentes, primero contra los seguidores de Hidalgo, luego los de Morelos y después contra los de otros jefes independentistas más. Recorrió tierras de Tamaulipas, Texas, Monterrey, Coahuila, San Luis Potosí, y llegó hasta la misma capital de la Nueva España.

En marzo de 1821, en el puerto de Veracruz, se supo del acuerdo entre las tropas del rebelde Vicente Guerrero y las de Agustín Iturbide representante de las fuerzas españolas de proclamar la independencia mexicana y constituir el ejército de las Tres Garantías. El capitán López de Santa Anna se enteró de tal suceso y escribió: "apareció el Plan de Iguala me apresuré a secundarlo, por que deseaba contribuir con mi grano de arena a la grande obra de nuestra regeneración política". Así, se volvió insurgente y en Córdoba se puso a las órdenes del general Guadalupe Victoria. Las fuerzas trigarantes lo recibieron e Iturbide lo cobijó. Santa Anna formaba parte de la comitiva de asesores de los Tratados de la Independencia pero después fue olvidado por un tiempo hasta que, en mayo de 1822, recibió el nombramiento de Brigadier por parte de Agustín de Iturbide quien, quince días más adelante, fue proclamado emperador de México. Santa Anna desplazó a la ciudad capital del Nuevo Imperio y fue testigo de la coronación de Agustín I. Cinco meses después obtuvo el mando de las tropas de Veracruz, comenzó así un periodo de reconocimientos a la sagacidad del militar xalapeño que fueron engrandeciendo, realmente, su personalidad.

Este creciente poder no fue del agrado del emperador, por lo que le retiró todo nombramiento. El Brigadier respondió: "Golpe tan rudo lastimó mi honor militar y quitó la venda de mis ojos: vi al monarca en toda su fuerza y me sentí luego alentado para entrar en lucha contra él". Ahora se rebelaba contra el Imperio. Orientado por su nueva concepción política se unió a las fuerzas de Guadalupe Victoria, una vez más, dado que ambos eran perseguidos por Iturbide. El punto de acuerdo que podía lograr tal conjunción era la propuesta de luchar porque México fuera gobernado por un presidente.

El triunfo de tal grupo, en 1824, le permitió obtener el cargo de Comandante de Yucatán; unos meses después, en 1825, la vicegubernatura de su estado natal. Si durante esos años hubo gente que lo siguió por su valentía a la vez que otros lo criticaron por su oportunismo, a partir de 1829 las autoridades mexicanas y gran parte del pueblo lo llamaron Libertador de México, por haber derrotado a un grupo de españoles que quisieron volver a conquistar a los mexicanos. Santa Anna los venció en tierras del norte de Veracruz y sur de Tamaulipas gracias al apoyo militar de Manuel de Mier y Terán y de los pobladores de las huastecas. Así, le rindieron honores en distintas poblaciones, le ofrecieron hasta 1833 en que, por vez primera, fue electo presidente de México. Pero no todos estaban de acuerdo con él, y en Zacatecas se dio un levantamiento en su contra que personalmente sofocó. Tal triunfo le hizo más poderoso, tanto que se sintió con fuerzas suficientes como para frenar, en 1836, los intentos de los habitantes del estado mexicano de Texas de separarse del resto del país. Partió Santa Anna a combatirlos, pero en San Jacinto fue plenamente derrotado y capturado. Los Texanos ya jamás serían mexicanos y tal decisión fue respaldada por el gobierno de los Estados Unidos de América del Norte.

Los acuerdos que Santa
 Anna firmo como prisionero de guerra, para salvar su vida y poder retornar a la capital mexicana, no fueron del agrado de muchos compatriotas; por ello, cuando regresó al puerto de Veracruz encontró una oposición creciendo hacia su persona, razón por la que decidió retirarse a su hacienda en Manga de Clavo en espera de cualquier otra oportunidad de aparecer como un hombre necesario a la patria. En realidad muy pronto le permitió hacerse presente cuando en 1838 tropas francesas ocuparon tierras veracruzanas. Santa Anna tomó las armas y organizó tropas y combatió al enemigo. En uno de los enfrentamientos fue herido, debiéndosele amputar la pierna izquierda. Si bien no obtuvo resultados satisfactorios trascendentes contra los extranjeros, los días de los triunfos fueron recordados y se le consideró un héroe, al mismo tiempo que el gobierno mexicano reconoció algunas de las exigencias de los franceses a quienes les ofreció seguridades de pago para que retornaran a su patria. Al término de las hostilidades, Santa Anna volvió a ser presidente de la República y fue conducido en litera hasta Palacio Nacional. Al ver su cuerpo mutilado, esta etapa en su vida política sería la de mayor esplendor.

Para 1844, en octubre, contrajo nupcias por segunda ocasión, justo a los cuarenta días del fallecimiento de su primera esposa, lo que no fue bien visto por importantes grupos de diferentes estratos de la sociedad mexicana. El momento político le era adverso y facilitó el levantamiento de algunos militares que no le eran afectos. Sin mayores dificultades fue hecho prisionero, encarcelado y, en mayo de 1845, expulsado del país.

Llamado por otros militares mexicanos que lo necesitaban, en 1846 Santa Anna regresó al suelo nacional y así, quien el año anterior fue condenado a destierro perpetuo, fue restituido en su título de Benemérito de la Nación y reconocido como General en Jefe de todas las fuerzas armadas. Su retorno coincidió con la guerra que, en 1847, Estados Unidos declaró a México sin razón alguna. Santa Anna se decidió a combatirlos cuando tierras veracruzanas ya habían sido ocupadas por los invasores. Pocos jefes militares lo apoyaron; pero la gente del pueblo le auxilió con más determinación; gobernadores de otros estados aguardaron a resistir de que los gringos decidieran incursionar por sus regiones.

El ejército norteamericano eliminó todos los obstáculos. En las cercanías de la ciudad de México, específicamente en Chapultepec, unos muy jóvenes cadetes del Colegio Militar resistieron a los norteamericanos algunas horas, pero el poderío del ejército invasor era muy superior. El país perdió muchos de sus hijos y más de la mitad de su territorio. Inmediatamente, se buscó y encontró a un culpable: Antonio López de Santa Anna. Una vez más se le desconoció. Pidió un salvoconducto para abandonar el país, logró salir y se estableció en la República de Colombia.

Seis años pasó el general lejos de su tierra; pero, en 1853, por acuerdo de las Legislaturas de las Entidades Federativas de los Estados Unidos Mexicanos, Santa Anna fue nombrado presidente y aceptó la designación. El jefe de su gabinete fue Lucas Alamán y Secretario de guerra, José María Tornel, quienes en menos de tres meses de gobierno murieron y con ellos cualquier posibilidad de freno para Santa Anna. Fueron esos años los de mayor extravagancia del xalapeño. Decretó impuestos sobre ventanas, canales, asientos de coches, perros (exceptuando los de los ciegos); decretó colores y cortes en los uniformes de los empleados públicos; creó una policía secreta e incorporaba al ejército a todo aquel que no podía pagar para evitar ser enrolado. su ambición parecía no tenia fin ni límites hasta que surgió un grupo de hombres que representaban intereses diferentes a los que él encabezaba. Así, en el estado de Guerrero, Juan Álvarez y los jóvenes que fueron conocidos como los liberales, se unieron y declararon su acuerdo de luchar contra el dictador. En 1855, Santa Anna fue desterrado y solamente pudo volver al país hasta 1874, dos años después de la muerte del presidente Juárez, para terminar sus días en la ciudad de México, en 1876. Mas con su muerte no terminaron las opiniones encontradas en torno a su figura y hasta el presente motivo de enfrentamientos entre quienes los atacan y quienes lo defienden, tal vez por que lo contradictorio de su persona representa una parte de que fue la vida del país en esa época.



Colaboración de Mirna A. Benítez J.